Comienzo este artículo, contándote una anécdota personal.
Siempre fui demasiado perfeccionista en casi todo lo que hacía: el orden en mis cosas, decir lo que hay que decir y cuando hay que decirlo y, especialmente, al escribir, puesto que la gramática y la ortografía, además de que se me dan muy bien, me encantan.
Con esta maña de hacer todo perfecto, como tiene que ser, o mejor aún, cuando emigré de mi país de origen, Argentina, a mi país adoptivo, Israel, tuve que cambiar muchas de mis costumbres.
El problema fundamental fue el idioma, ya que no solo su alfabeto es totalmente diferente al del español, sino que además, se escribe al revés, de derecha a izquierda.
Hasta aquí, todo bien.
Para redondear el concepto, las reglas gramaticales del hebreo son más parecidas, en cierto modo, al latín que al español, por sus declinaciones, muy difíciles por cierto.
¡Imagínate aprender un idioma, a los cuarenta y largos años, en el que las vocales no se escriben y por si fuera poco, hay tres letras hache!
Como me gusta mucho estudiar y en especial, temas nuevos, este idioma me resultó muy divertido al principio, por lo que a escribir y a leer, con dificultades, obviamente, aprendí bastante rápido.
Pero, como buena perfeccionista, especialmente de la gramática y de la ortografía, hablarlo para mí, era un suplicio, porque nada me salía como yo quería o como supuestamente, necesitaba. Resultado: ¡No podía hablar!
Pero, también soy cabeza dura y nada me gustaba tener que pedir ayuda a quienes me podían traducir, porque estaba empeñada en ser independiente, tal y como lo había sido siempre.
¿Por qué te cuento todo esto? Porque no es un cuento, como te dije, ésta fue mi realidad: no podía hablar en hebreo porque quería hacerlo tan perfectamente, que no había manera de que me saliera, y menos aún, fluidamente.
Por lo tanto, tuve que dejar de lado mi perfeccionismo, y luchando contra toda mi esencia, me largué a hablar.

Por supuesto, que hoy en día hablo bastante mejor, pero no como desearía. Lo que sucede, es que me di cuenta de que necesito comunicarme con las personas por diferentes motivos, y que si no lo hago como mejor me sale, no lo haré nunca. Y además, que las personas comprenden el esfuerzo que estoy haciendo y me ayudan a mejorar.
Lo mismo sucede en todo lo que deseamos emprender y la escritura no es una excepción a la regla.
Si eres demasiado perfeccionista, siempre tendrás la excusa de que no está bien escrito, de que le falta algo y entonces, será cuando llegue la frustración de que no has podido hacer lo que deseas, por esa auto-represión.
Mi consejo, después de haber pasado por tantas experiencias en este sentido, es que dejes fluir esas ideas que tienes dentro.
No importa cómo salen, sí importa que salgan? Siempre habrá tiempo para corregir y darle un giro más adecuado en todos los sentidos, si ese es el deseo.
Sin embargo, recuerden que el exceso de corrección tampoco es bueno.
Por eso, lo fundamental es que: ¡ESCRIBAS!
No importa cómo, sólo importa que lo hagas.
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